Los venezolanos queremos de vuelta a María Corina Machado
El espejismo del pragmatismo: cuando el petróleo venezolano se convierte en moneda de cambio geopolítica
La reciente cobertura del diario ABC sobre la abrupta caída de la popularidad de Donald Trump en Venezuela, en contraste con el ascenso imbatible de María Corina Machado, expone las costuras de una diplomacia transaccional que vuelve a tropezar con la misma piedra en América Latina. Apenas unos meses después de la audaz operación que sacó a Nicolás Maduro del poder, la Casa Blanca parece haber cambiado el relato de la liberación democrática por el de la geopolítica energética más cruda. El pacto petrolero con Delcy Rodríguez y la entrega de campos a actores cuestionados no solo han fracturado la confianza ciudadana en Washington, sino que han devuelto al venezolano la amarga sensación de que los tiranos cambian de rostro mientras las estructuras de opresión permanecen intactas.
El núcleo de la crisis actual radica en una disonancia insostenible: las altas expectativas de libertad generadas a principios de año frente a una realidad económica y política que se empantana en la continuidad. Que la aprobación de Trump se haya desplomado de manera tan drástica demuestra que los pueblos no perdonan el cinismo pragmático. Al negociar con el ala continuista del chavismo y blindar intereses corporativos mediante adjudicaciones a dedo —como el caso de NABEP—, la administración estadounidense ha alimentado el imaginario colectivo de que la intervención norteamericana obedecía a una lógica extractivista y no a un compromiso con los derechos humanos. Los datos de Meganálisis son lapidarios: una inmensa mayoría de los venezolanos percibe que el régimen sigue mandando y que el sacrificio fiscal del Banco Central para contener la cotización del dólar es un pozo sin fondo que ahoga aún más a hospitales, escuelas y familias.
En este tablero de desencantos, la figura de María Corina Machado emerge con una autoridad moral y política insólita. Su consolidación como la líder indiscutible del país —reforzada por su reconocimiento internacional— contrasta radicalmente con los apaños de una transición tutelada que intenta marginarla a través de diálogos estériles con una oposición moderada sin arraigo popular. El pueblo venezolano no pide parches institucionales ni legitimaciones por decreto; exige elecciones libres y abiertas donde el peso de la soberanía popular barra con cualquier intento de reciclaje político del chavismo.
La lección que deja este episodio es incómoda pero necesaria para la política exterior de las democracias occidentales: la estabilidad construida sobre pactos de despachos y el olvido de la justicia democrática es siempre frágil y efímera. Pretender gobernar la transición venezolana ignorando el clamor de sus ciudadanos y el liderazgo legítimo de quien ha aguantado en pie los embates de la dictadura es un error de cálculo monumental. Venezuela ya no traga con espejismos; reclama una transformación real que, tarde o temprano, tendrá que pasar por las urnas y por la restitución plena de la dignidad democrática.
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