La Ley contra el Odio, hoy en el banquillo
Vecinos contra vecinos:
La Ley contra el Odio hoy en el banquillo
«¡Caramba, pero qué país tan efervescente nos ha tocado en suerte! Un
territorio donde el afecto y la ojeriza ya no son meros asuntos de alcoba, de
vecindad o de despecho conyugal, sino materias de alta codificación jurídica y
celo ministerial...»
Hay que reconocérselo a nuestra siempre inventiva y pintoresca burocracia:
cuando se propuso legislar sobre el cariño, el disimulo y la mala cara, no
escatimó en audacia. ¡La Ley Constitucional Contra el Odio! Qué título tan
eufónico, tan lleno de buenas intenciones y de aromas a catecismo parroquial.
Uno lee el nombre y casi cree ver a los querubines revoloteando sobre la
Asamblea Nacional, dispensando gotas de manzanilla y abrazos fraternales a
fuerza de decreto. Entre esos querubines, dos, de un tal apellido Rodríguez.
Pero claro, en esta comedia de enredos tropical donde nos ha tocado hacer
las veces de espectadores y damnificados al mismo tiempo, los buenos propósitos
siempre terminan convertidos en sainete o en tragedia de barriada. Según nos
cuenta la sabia y paciente gente del Foro Penal —esos cronistas de la desdicha
judicial que llevan la contabilidad exacta de nuestros sobresaltos—, ya van más
de 927 compatriotas acusados formalmente de mirar feo, hablar recio o no
aplaudir con el entusiasmo reglamentario bajo el paraguas de este noble
estatuto. De quejarse de la falta de una bolsa del fulano (y casi extinto) Clap
ó el no despacho a tiempo de una simple bombona de gas.
¡Novecientos veintisiete! Piénsenlo por un momento. Es una cifra monumental.
Da para llenar varias salas de teatro con un repertorio de agravios que va
desde el vecino que se queja del agua hasta el tuitero imprudente que osó dudar
de la bondad de los astros. Lo fascinante del asunto, el verdadero toque
maestro de la dramaturgia penal criolla, es que el odio aquí no anda solo; ¡qué
va! Anda siempre muy bien acompañado. Nos cuenta Gonzalo Himiob que el delito
de «incitación al odio» rara vez se presenta en solitario, como un modesto
bicho solitario. No señor. Viene del brazo de sus compadres inseparables: el
terrorismo y la asociación para delinquir. Es decir, que decirle a alguien que
su corbata es espantosa o que el metro no funciona puede ser interpretado, con
la debida voluntad fiscal, como el preludio inmediato de la destrucción de la
galaxia. ¡Una maravilla de la síntesis jurídica!
Y mientras los doctores discuten en recintos alfombrados sobre la urgencia
de reformar la ley —porque siempre hay alguien proponiendo reformar lo
irreformable, como quien intenta perfumar un naufragio—, la realidad se sacude
con cifras de almanaque trágico: seis almas todavía tras las rejas, y
seiscientas treinta y tantos paseando su libertad condicional con la discreción
de quien camina sobre huevos tibios.
Porque en esta Venezuela nuestra, inventora perpetua del realismo mágico
judicial, el odio se ha vuelto tan ubicuo, tan etéreo y tan rentable, que uno
ya no sabe si lo que siente por el prójimo es una indigencia estomacal, un
desacuerdo político o un casus belli digno de tribunales militares. Al final,
nos queda la amarga y entrañable certeza de que aquí se puede prohibir todo —el
enojo, el ceño fruncido, la grosería y el bostezo—, menos la terca manía de
seguirnos mirando las caras, aunque sea para sospechar los unos de los otros.
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