El Vértigo del Cambio en el Muro Roto: De Berlín a la Nostalgia del Abismo
Los berlineses han decidido cambiar la corbata gris del centroderecha por el
pulóver desafiante de la izquierda. Grita la calle berlinesa pidiendo cambio,
ese fetiche moderno que embriaga tanto a alemanes como a caribeños. Pero
cuidado, que cuando la historia se repite, suele hacerlo en forma de sainete o
de tragedia tropical.
Me cuentan desde Berlín, con la precisión fría de los termómetros alemanes y
el asombro caliente de quien ve llover hacia arriba, que la izquierda ha ganado
las elecciones locales. La gente votó a los extremos, dicen los cronistas,
porque el centro se volvió una balsa de aceite rancio, un pasillo de hospital
donde los enfermos ya ni siquiera se quejan. El partido postcomunista La
Izquierda (Die Linke), bajo la batuta de Elif Engin, ha conquistado el
primer lugar. Y ahí los tienen, celebrando como si hubieran tomado el Palacio
de Invierno, cuando en realidad lo que han tomado es el timón de un Titanic
con goteras.
¡Ah, el cambio! Qué palabra tan hermosa y tan peligrosa. Los berlineses,
hartos de la inercia conservadora y de un centroderecha que se quedó sin
reflejos, decidieron apostar por la novedad. ¿Y cómo lo lograron? Aquí viene la
gran comedia tecnológica de nuestro tiempo: el candidato de la izquierda hizo
una campaña de esas que huelen a suela de zapato y a pantalla táctil. Hicieron
el famoso "casa a casa", el viejo ritual tercermundista de tocar el
timbre, mirar a los ojos al ciudadano y prometerle el paraíso en cuotas sin
interés, pero aderezado con un ejército de algoritmos en las redes sociales que
bombardeaban hasta al gato de la casa. La modernidad digital al servicio de la
nostalgia ideológica.
La geografía del
espejismo: De la Puerta de Brandeburgo al trópico desolado
Ver esto desde nuestra perspectiva latinoamericana produce una sonrisa
agridulce, a nosotros los venezolanos nos corre un escalofrío que recorre la
espina dorsal con la precisión de un bolero mal bailado. Nosotros ya vimos esta
película, señores. Nosotros fuimos los pioneros de este anhelo de cambio.
Cuando los pueblos latinoamericanos, cansados de los abusos de las élites
tradicionales y de la centroderecha sorda,
decidieron buscar salvación en los brazos de la izquierda redentora, creímos
que estábamos fundando el futuro. ¿Y qué nos quedó? Nos quedó el tendal. Nos
quedó la promesa incumplida, la escasez convertida en sistema, la inflación
como método de tortura mental, el racionamiento eléctrico por más de seis
horas, si se corre con suerte y no un apagón de varios días y el autoritarismo
disfrazado de épica popular. La letanía de héroes cuyo legado es pisoteando
hasta el hastío.
"El cambio, cuando se convierte en un dogma absoluto, deja de ser
una herramienta de transformación para transformarse en un billete de ida hacia
la melancolía colectiva."
Porque el drama de América Latina no es haber votado a la izquierda, sino
haber creído que el cambio se agota en el verbo cambiar. Cambiar por cambiar es
un acto de desesperación adolescente, no de madurez política. En Venezuela, en
Argentina, en tantas otras geografías de nuestra desgracia, el "casa a
casa" populista y la promesa de redención social terminaron vaciando los
anaqueles, llenando las cárceles de opositores y expulsando a millones de
compatriotas por los caminos verdes del exilio. Los berlineses juegan hoy con
fuego en una estufa de cartón piedra, creyendo que su robusta institucionalidad
es inmune al veneno del mesianismo. Ya una vez apelaron al “cambio” y un
frustrado cabo de la I Guerra Mundial los condujo a la devastación total.
Friedrich Merz y la democracia cristiana muerden el polvo en las regiones
alemanas, y la cancillería tiembla. Las propuestas de vivienda radical y
estatización que hoy seducen a los jóvenes votantes de Berlín suenan
peligrosamente familiares a nuestros oídos cansados. Allá van, con su pancarta
digital y su sonrisa de tiza, creyendo que la historia es una línea recta que
solo avanza hacia el progreso. ¡Ilusos! La historia es un péndulo implacable
que, cuando se balancea demasiado hacia la fantasía, suele regresar a golpear
en la nuca con la culata de la realidad. Ojalá que Berlín despierte antes de
que el muro que creían derrumbado vuelva a levantarse, esta vez hecho de
escombros ideológicos. Nosotros tenemos ya casi tres décadas de ese “cambio” y
lejos vemos la salida del túnel.
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