El último faro de la complejidad: adiós a Edgar Morin a los 104 años


 



Versión Alirio León


Hay vidas que no se miden en años, sino en siglos. La de Edgar Morin —nacido Edgar Nahoum— contenía en sí misma todas las costuras, los desgarros y las luces del siglo XX, extendiéndose con una lucidez casi inverosímil hasta bien entrado el XXI. Este viernes, en París, la ciudad que lo vio nacer y combatir, el filósofo y sociólogo francés se despidió del mundo a los 104 años. Con su partida, confirmada por su viuda Sabah Abouessalam a *Le Monde*, no solo muere un pensador; se extingue el último exponente de aquella estirpe de titanes intelectuales forjados en el fuego de la Segunda Guerra Mundial.

Morin pasó sus últimos años en un nomadismo vital y creativo entre París, Montpellier y Marraquech. No se jubiló de la mente. Siguió escribiendo de forma infatigable, rebelándose contra los corsés ideológicos y lo que él denominaba el pensamiento "precocinado" por los grandes medios occidentales.

Su gran legado, la **teoría del pensamiento complejo**, nació precisamente de esa rebeldía. Mientras el mundo académico se empeñaba en compartimentar el conocimiento en cajones estancos, Morin insistía en que todo está conectado. Para él, separar la ciencia de la filosofía, o la política de la condición humana, era una ceguera voluntaria. Su propia biografía era el mejor ejemplo de esa complejidad: hijo de judíos sefardíes de Tesalónica, se definía a sí mismo con una identidad múltiple que abrazaba lo español, lo italiano, lo francés y lo europeo.


 “Hasta sus últimos días, se mantuvo atento al mundo, a los demás y a las grandes cuestiones humanas que nutrieron su pensamiento”, declaró su esposa. “Hoy, el vacío que deja es inmenso. Pero su valentía, su fidelidad a las personas y a las ideas, su exigencia moral y su esperanza siguen acompañándonos”.

 Del "Hiroshima interior" a la Resistencia

La lucidez de Morin se construyó sobre heridas tempranas. A los diez años, la muerte de su madre le provocó lo que él mismo describiría como un “Hiroshima interior”. De esa pérdida nació su necesidad de entender la finitud y la resistencia. Una resistencia que se volvió literal durante la ocupación nazi, cuando se enroló en la Resistencia francesa. Fue allí donde adoptó el apellido **Morin**, un seudónimo de guerra que terminó por convertirse en su identidad universal.

Su periplo político fue el reflejo de las tormentas de su tiempo. Fue comunista hasta que la ceguera del estalinismo le resultó insoportable, una ruptura que plasmó en su célebre obra *Autocrítica* (1959). Firme opositor a la guerra de Argelia, pionero del ecologismo y de la globalización crítica, Morin siempre estuvo donde quemaban las papas del debate público.

Incluso tuvo tiempo para la cultura popular: fue él quien acuñó el término **"yeyé"** en 1963 para describir el fenómeno musical juvenil de la época, ganándose el título del “mejor amigo de los jóvenes” por parte del mismísimo Johnny Hallyday.

Un optimista en la desesperación

Aunque la academia francesa tardó en otorgarle el reconocimiento que merecía, su influencia cruzó océanos. En América Latina, sus ideas transformaron sistemas educativos enteros. Su obra cumbre, los seis volúmenes de *El método* (publicados entre 1977 y 2004), queda ya como una enciclopedia imprescindible para navegar el caos contemporáneo.

Fue un faro para la izquierda y una inspiración para los jóvenes que en 2011 inundaron las plazas del mundo en movimientos como el 15-M. A pesar de ver los peligros del presente, Morin se negaba a la parálisis. Cuando se le preguntaba si era optimista o pesimista, solía responder:

“Soy un optimista-pesimista... tengo esperanza en medio de la desesperación”.

Esa mirada sombría pero atenta se agudizó en sus últimos meses. En su ensayo *De guerre en guerre* (De guerra en guerra), observaba con dolor el conflicto en Ucrania y alertaba sobre la "escalada del simplismo". No alcanzó a ver el fin de esa barbarie.

El presidente francés, Emmanuel Macron, resumió el sentir de una nación al despedirlo en sus redes sociales: *“Soldado de la Resistencia, militante y liberado, escritor y pensador del siglo... Edgar Morin era el humanismo hecho persona”.*

En 2019, en su libro de memorias, Morin pareció dejar escrito su propio epitafio, un adiós poético y sereno: *“Yo también partiré hacia el país donde crece la flor de naranjo”*. Hoy, el pensador de la complejidad ha emprendido ese viaje, dejándonos la enorme tarea de intentar comprender un mundo un poco más huérfano de lucidez.

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