El sillón de la memoria: Sergio Ramírez y la letra del exilio
**Madrid / Ciudad de Panamá.** Las puertas de la Real Academia Española se cerraron el jueves por la tarde con ese silencio espeso que solo guardan los templos de las palabras. Adentro, en el pleno de la calle Felipe IV, se votaba un relevo que es también un símbolo: la silla «L», ese trozo de madera y terciopelo que durante décadas perteneció a Mario Vargas Llosa —fallecido un año antes, en abril de 2025—, buscaba un nuevo custodio.
No hubo sorpresas ni hizo falta contienda. La candidatura era única y llevaba el peso de tres firmas incontestables: Víctor García de la Concha, Luis Mateo Díez y Santiago Muñoz Machado. Al abrirse las puertas, el veredicto fue oficial. La «L» ya tiene dueño: el nicaragüense —y español, por fuerza de la historia— Sergio Ramírez.
A miles de kilómetros de Madrid, la noticia alcanzó al escritor en Panamá, donde por estos días celebra el festival *Centroamérica Cuenta*, ese refugio literario itinerante que él mismo fundó. Hay una justicia poética y amarga en el mapa: Ramírez recibe el máximo honor de la lengua española en una escala de su viaje errante, lejos de la Nicaragua que lo vio nacer en 1942.
Las dos orillas de un revolucionario
La vida de Sergio Ramírez no se puede explicar solo con sus más de 70 libros publicados o sus traducciones a veinte idiomas. Su biografía es un espejo de las ilusiones y los desgarros de la Centroamérica del siglo XX. El hombre que hoy entra a la RAE fue el mismo que en 1979 bajó de las montañas y las aulas para derrocar a la dictadura de Somoza. Fue el vicepresidente de aquel primer gobierno sandinista, el compañero de ruta de Daniel Ortega.
Pero el poder corrompe los sueños, y Ramírez prefirió la coherencia de la tinta. Su alejamiento del régimen lo convirtió en el disidente más incómodo. En 2021, la publicación de su novela *Tongolele no sabía bailar* —una radiografía feroz de la represión en Managua— fue el detonante: la fiscalía de su país ordenó su captura por "incitar al odio". Dos años después, el régimen de Ortega le arrebató la nacionalidad, declarándolo apátrida.
> "Un escritor fundamental, generoso y comprometido que vive un exilio forzoso", había advertido con lucidez Luis Mateo Díez una semana antes, durante la lectura de méritos en León.
El idioma como única patria
La llegada de Ramírez a la RAE no ha estado exenta del eco de las trincheras políticas. En su Nicaragua natal, la herida sigue abierta: la Iniciativa Ciudadana Víctimas del Sandinismo llegó a enviar una carta a la Academia pidiendo frenar su nombramiento por su pasado revolucionario. La respuesta de la República de las Letras fue inmediata: un manifiesto de más de 200 intelectuales de todo el mundo blindó al autor de *Margarita, está linda la mar*. Para la cultura global, el valor de Ramírez está por encima del barro de la política local.
A sus 83 años, el Premio Cervantes 2017 demuestra que el exilio no ha apagado su pulso creativo. Apenas dos semanas después de recoger en Madrid el Premio Ortega y Gasset de Periodismo 2026, y a las puertas de publicar el próximo 11 de junio *La maldición de Ramfis* —la cuarta entrega de su célebre saga policíaca del inspector Dolores Morales—, el escritor se prepara para el último gran rito.
Ramírez tiene ahora un plazo reglamentario de dos años para redactar y leer su discurso de ingreso. Cuando camine hacia el estrado y tome posesión de la silla «L», no lo hará solo. Entrará con él la literatura centroamericana, el inspector Morales y los miles de nicaragüenses que, como él, han descubierto que cuando te quitan el pasaporte, la única patria que nadie te puede expropiar es el idioma.

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